domingo, 23 de septiembre de 2012

Los fieles devotos del Iphone


La reciente salida a la venta, el pasado 21 de setiembre, del Iphone 5, desató una esperada locura entre los consumidores fanáticos de la marca en todo el mundo. 

La palabra locura no es figurativa. Y si no, ¿cómo se explica que cientos de personas viajen miles de kilómetros o esperen semanas apostados en las afueras de las tiendas para ser los primeros en comprar un teléfono “inteligente”?

El ritual fue idéntico cuando el 24 de junio del 2010 los fans de la manzana mordida causaron tumultos en los comercios de Europa y Japón para adquirir el iPhone 4. 

En ese momento se reportaron casos de consumidores que viajaron fuera de sus países con ese único propósito. Entre ellos un empresario de Senegal quien se desplazó hasta París y un canadiense radicado en Dubuai hizo lo propio tomando un vuelo hasta Londres.

Los ticos no nos quedamos atrás. En enero de este año más de tres mil ansiosos consumidores corrieron desesperados a la medianoche para adquirir de primeros el Iphone 4S. Según los reportes de los tres operadores (ICE, Claro y Movistar), las ventas y pedidos fueron todo un éxito.

En junio pasado algunos costarricenses volvieron a demostrar su lealtad y capacidad de sacrificio con ciertas marcas cuando optaron por madrugar y correr para comprarse un cafecito de primeros en el nuevo Starbucks. Las filas fueron interminables y llegaron incluso a salirse muchos metros de la entrada del local.

¿Por qué llegan los consumidores a comportarse de esta manera? ¿Será que algunas marcas logran crear vínculos que van más allá de la racionalidad y se parecen más a aquellos lazos de fe y devoción propios de los cultos religiosos?

Según Douglas Atkin, en su libro El culto a las marcas, esto sí es posible. En el caso específico de Apple, el autor explica cómo la compañía del desaparecido Steve Jobs ("San Jobs" para los más fiebres), logró construir una comunidad de gente que se siente y se ve a sí misma como diferente y la elevó al estado de culto.

Apple, y otros marcas que han logrado semejante hazaña, se aprovechan de una circunstancia histórica en donde las instituciones establecidas, otrora  proveedoras de sistemas de significados y sentimientos de comunidad, han cedido terreno ante la sofisticación del marketing y el consumo.

Estas grandes compañías invierten miles de millones de dólares en la construcción de símbolos y significados y aportan creencias y sentimiento de identidad y comunidad como gratificación a las necesidades insatisfechas de los consumidores.

“En la medida en que las instituciones tradicionales fracasen y los expertos de marketing se vayan sofisticando, las marcas se irán convirtiendo en fuentes de sentimientos de comunidad y de significado cada vez más convincentes”, afirma el autor.  

Detrás de las marcas y de los cultos aparecen las mismas dinámicas de atracción surgidas de necesidades esenciales del ser humano:  la urgencia de pertenecer a algo, de dar significado a las cosas, de sentirse seguros y de compartir un identidad con determinado grupo de gente. Y por supuesto, la búsqueda de la satisfacción.

Todo eso explica de alguna manera el que la salida al mercado de un simple aparato de comunicación, se convierta en noticia mundial, movilice masas y transforme la locura colectiva en un hecho normal y compatible con los tiempos en que nos tocó vivir.




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