sábado, 29 de mayo de 2010

Desastre en el Golfo

Más de un millón de galones de petróleo por día están siendo derramados en el Golfo de México tras la explosión y posterior hundimiento, el pasado 22 de abril  de Deepwater, una plataforma petrolífera propiedad de la compañía British Petroleun (BP).
Irónicamente, el designado Día de la Tierra fue el escenario de un desastre ambiental que según los expertos ya supera al de Exxon Valdez ocurrido en 1989 en Alaska, y cuyas nefastas consecuencias son todavía imposibles de cuantificar.  
Por lo pronto, la mancha de petróleo amenaza a más de 400 especies animales y vegetales del estado de Luisiana, entre ellas aves como garzas, pelícanos pardos y golondrinas y el daño podría extenderse a otros cuatro estados estadounidenses en donde acecharía parques nacionales, reservas naturales y humedales. 
Lo irónico es que la BP, una de las petroleras más grandes del mundo, a pesar de su gran capacidad tecnológica y abundantes recursos, fue incapaz de prevenir una tragedia en la que también murieron once de sus trabajadores.
Peor aún, tampoco ha podido impedir que el derrame del crudo  continúe y más bien se  cuestiona la utilización de un dispersante sumamente tóxico que, si bien es cierto mantiene de momento el petróleo lejos de las playas, (algo que interesa a la compañía para no afectar más su imagen), conlleva una serie de efectos negativos a largo plazo sobre los ecosistemas y la fauna marina.
A la BP se le acusa de mentir al público sobre la cantidad de petróleo derramado, así como su verdadera capacidad de reacción ante una emergencia de esta naturaleza, algo evidente ante los inútiles esfuerzos de la empresa por detener la fuga y su propagación por el Golfo.  
Todo esto trae a la mente la intensa campaña publicitaria de la compañía Industrias Infinito, la cual se esfuerza en convencer a los costarricenses sobre las bondades de la minería a cielo abierto.
Según la empresa, esta actividad no representa ninguna amenaza para el medio ambiente y solo beneficios económicos le traerá a esa zona norteña olvidada, como tantas otras, por los gobiernos de turno.
Gobiernos cuya función parece ser la de dejar en manos de compañías extranjeras la solución de los problemas -otrora a su cargo-  a cambio de unos cuantos puestos de trabajo, en ocasiones peligrosos y casi siempre mal remunerados, y con mínimas ganancias para el Estado. 
La última noticia sobre el tema es que la Municipalidad de San Carlos ha pedido al gobierno la anulación de todos los permisos otorgados para este proyecto minero y también que se derogue el decreto que lo declara de interés público.

La petición del ayuntamiento sancarleño se basa en el precedente negativo de la explotación minera como fuente de destrucción, y por la alta fragilidad de la zona y a la ausencia de pruebas tangibles sobre sus beneficios.
Tal vez le toque a doña Laura arreglar el entuerto de su amigo expresidente y, aprovechando el impulso del veto al pretendido aumento salarial de los diputados, se traiga abajo este proyecto minero, lo sustituya por uno sostenible y armonioso con el ambiente y se avoque, como corresponde, a encontrar una solución permanente de trabajo digno  y progreso para los habitantes de Las Crucitas. 

domingo, 23 de mayo de 2010

Don Justo no está solo

El diputado evangélico Justo Orozco, asegura necesitar con urgencia un aumento de salario para comprarse ropa.  Con nueve vehículos a su nombre, seis terrenos en Hatillo, uno en Garabito y otro en San José de la Montaña, a don (In) Justo lo que sí le hace falta, con apremio, es un poco de decencia cristiana.
Pero el señor diputado no está solo. Él forma parte de una clase política enmarcada en un sistema político y financiero que lleva a nuestro país en una espiral descendente con rumbo al despeñadero.
Chris Hedges, periodista estadounidense, ex corresponsal de guerra, columnista, escritor, y ganador del premio Pultizer, denuncia en su libro El imperio de la ilusión (The Empire of Illusion), la debacle de su país. Al hacerlo, dibuja un panorama perturbador, muy similar al nuestro.
Hedges denuncia el secuestro de una nación a cargo  de un grupo de oligarcas, corporaciones y una cerrada y egoísta élite política y económica.
Una élite que según Hedges, en nombre del patriotismo y la democracia, ha desmantelado el sector manufacturero y hecho trizas el sistema financiero. La fórmula de gastar más de lo que se gana les pasó la factura y ahora están en números rojos, con una deuda acumulada de astronómicas dimensiones.
Una economía fantasma caracterizada por el fraude y las mentiras, cuyo fin es mantener  a una minoría rica. A la gente lo único que le ofrecen es la ilusión de que ellos también podrán algún día, si se esfuerzan (y trabajan como chinitos dirían acá) ser ricos y exitosos.
¿Recuerdan cuando en medio de la ofensiva política por aprobar el TLC se nos dijo que en vez de andar en bicicleta los trabajadores irían a las fábricas en motocicletas BMW, y los dueños de un Hyundai en Mercedes Benz?
La expectativa la creó el mismo presidente que veinte años atrás aseguró que existían “sobradas razones para pensar que el sueño de hacer de Costa Rica el primer país desarrollado de América Latina será muy pronto una realidad”.
La promesa de Arias fue reciclada al concluir su recién mandato con el fin de mantener viva la ilusión de que algún día todos seremos ricos y prósperos, cuando lo cierto es que, al igual que sucede a nuestros ya no tan poderos vecinos del norte, cada vez nos empobrecemos más.
Al exmandatario le preocupa que nuestro país se parezca más a Italia y menos a los Estados Unidos. Es decir, su esperanza se cifra en parecernos más a un país que, tal y como lo señala el historiador Charles Maier, pasó de ser un “imperio de producción” a un “imperio de consumo”.
Como resultado, hoy, esa nación, al igual que la nuestra, busca perpetuar la prosperidad con dinero prestado que nunca podrá pagar.
El sistema económico estadounidense fue tomado por asalto por banqueros, corredores de bolsa y especuladores defensores de la autorregulación.
Fueron ellos quienes desataron la crisis en su país dejando a la clase media trabajadora con las manos vacías y extendiendo el problema a todo el orbe. Pero en vez de pagar por su crimen, recibieron miles de millones de dólares para mantener con vida un sistema perverso que aplasta por defecto a los más débiles.
En Costa Rica supimos, gracias al informe del Estado de la Nación, que con la crisis económica los ricos se hicieron más ricos, y los pobres más pobres. Nada nuevo bajo el Sol.
Los bancos recibieron dinero del Estado (léase de todos nosotros) y algunas grandes empresas trasnacionales rebajaron o congelaron salarios para que sus altos ejecutivos pudieran seguir viajando en jet privado.
No, don Justo Orosco no está solo. Jorge Guardia, economista partidario del libre mercado escribió en noviembre del año pasado, en su columna del periódico La Nación, que no votaría por Laura Chinchilla pues su segundo vicepresidente, Luis Liberman, “representa una generación de banqueritos criollos agremiados, influyentes y bien conectados con los partidos políticos, caracterizados por cabildear a favor de los grandes intereses de su gremio. Lograron aprobar leyes, decretos y políticas económicas que los beneficiaron en cantidades muy grandes, tan grandes, que nadie las ha podido cuantificar. Amasaron fortunas”.
Esa es la élite y la clase política de la que hablamos. Una que emula a la élite modelo de los Estados Unidos, país en donde la mitad de las bancarrotas suceden porque las familias no pueden pagar sus gastos médicos y ocho mil personas mueren al año por no contar con un seguro que los proteja.
El costo de mantener un imperio de ilusión -explica Hedges- no corre por cuenta de los titanes corporativos. “Este costo trasciende los números y las estadísticas y habla el lenguaje de la miseria humana y el dolor”. Corre por cuenta de los 36.2 millones de estadounidenses que viven con hambre en el país de los sueños.   
Los diputados y diputadas que hoy quieren duplicarse su salario, fueron electos por un  pueblo que aún cree en otra ilusión. La de la democracia representativa, secuestrada esta por los intereses particulares de los dueños de todo.  
En 1949 Albert Einstein escribió sobre los cuerpos legislativos:
“(…)Al ser elegidos por partidos políticos, financiados en su mayoría, o influenciados por capitalistas privados (…) logran separar al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes de la gente en realidad no protegen suficientemente los intereses de los sectores menos privilegiados de la población”.
Para terminar de hacerla completa, la pasividad política de la gente está asegurada gracias a la cultura del entretenimiento.A la infantilización de una sociedad compuesta por adultos que se comportan, leen, piensan y se divierten al mismo nivel que niños de escuela (dicho esto con el perdón de los menores). 
Pero ojo, las culturas que no pueden distinguir entre la ilusión y la realidad -sentencia Hedges- perecen. Pensar o no pensar es el nuevo dilema, y de eso depende nuestro futuro.  
Cierro con un titular alentador: Vecinos ganan pulso por agua de Sardinal.  Aun hay esperanza…

domingo, 16 de mayo de 2010

Estafa en la granja (II Parte)

La primera parte de “Estafa en la granja” se enfocó en los timos asociados con el juego social “Farmville”.
Esta segunda entrega explora las razones por las cuales unos setenta millones de usuarios han sido cautivados por una actividad que, en vez de ofrecer un descanso a la rutina y las responsabilidades de la vida real, termina forzando a los participantes a cumplir metódicamente con una serie de obligaciones que contradicen la esencia misma de un juego.  
Hurgando en el tema encontré un artículo publicado en una comunidad virtual llamada Metafilter, cuyo contenido serio y debidamente sustentado con una amplia bibliografía, voy a utilizar como base para esta columna. (El artículo completo en inglés y los 57 comentarios sobre el tema  se pueden ver aquí).
Dicha publicación cita, entre otros, a Roger Caillois escritor, sociólogo y crítico literario francés quien define los juegos como actividades sanas para escapar de la realidad.
Curiosamente, las características señaladas por Caillois se oponen, una por una, a las de Farmville.
En primer lugar, un juego debe ser libre. Es decir, el jugador no podría estar obligado sin que el juego perdiera al punto su naturaleza de diversión atractiva y alegre. (Farmville está definido por obligación, rutina y responsabilidad).
No debe estar circunscrito en límites de espacio y de tiempos precisos y determinados por anticipado. (Farmville establece límites de tiempo para ejecutar acciones, depende de la vida real y nunca está enteramente separada de ella).
El juego, según Caillois, debe ser incierto. Su desarrollo no puede estar predeterminado ni el resultado dado de antemano. (En Farmville el resultado es conocido y no requiere de destrezas ni de la suerte).
Es improductivo. No crea ni bienes, ni riqueza, ni tampoco elemento nuevo de ninguna especie. (Farmville es una actividad productiva que agrega al capital social del cual depende la riqueza generada por Facebook y Zynga, la compañía desarrolladora del juego).
Está gobernado por reglas. (Farmville está gobernado por hábitos y la ley de causa y efecto).
Hay que tomar en cuenta que la única manera de avanzar en Farmville es sembrando en intervalos preestablecidos (cultivar una parcela pequeña equivale a 600 clics y conlleva la obligación de regresar unas horas después a hacer lo mismo).
Si esto no suena divertido, ¿por qué Farmville cuenta con tantos seguidores? Según el artículo de Metafilter, el secreto del éxito de este juego radica en su capacidad de enmarañar a sus jugadores en una red social de obligaciones.
Entre ellas, los constantes recordatorios de Facebook sobre los regalos recibidos y de cómo unos a otros se han ayudado con sus granjas.
El jugador se siente entonces obligado a devolver la cortesía. (Según el sociólogo francés Marcel Mauss  no existe regalo gratis pues siempre existe el compromiso de recibirlo y de corresponder al obsequio).  
A esto se suma al esfuerzo empleado y a las “ganancias” de cada cosecha. Es decir, recrea el efecto de retribución producto del tiempo extra empleado en conseguir algo, y el posterior orgullo y satisfacción resultantes al concluir la faena.  
Luego está la posibilidad de invertir las “ganancias” en decoraciones, animales, edificios y tierras más grandes para cultivar y la opción de comprar con dinero real bienes “virtuales” que permitan avanzar más rápidamente, lo cual genera dividendos millonarios y muy reales para Zynga y Facebook.
Y como de todo hay en la viña del Señor, no falta quien vea en Farmville una oportunidad de presumir sobre sus logros y competir con otros jugadores, tal y como sucede en la vida real.
Tal vez la forma más sencilla de contestar la pregunta sea decir que Farmville lo juega la gente porque toda la gente lo juega.
Que el popular juego sea en realidad una aplicación sociopática que se aprovecha de la sociabilidad de la gente para ejercer control y generar riqueza real a Synga y Facebook, no desvela a los “granjeros” virtuales, de sobra ocupados en cuidar de sus cultivos, ovejas y vaquitas.  




domingo, 9 de mayo de 2010

Estafa en la granja (I Parte)

Desde su lanzamiento en junio del año pasado, Farmville ha cautivado a más de setenta millones de usuarios de Facebook con suficiente tiempo libre para dedicarlo a cultivar una granjita virtual.
Más del 20% por ciento de los usuarios de Facebook, y por encima de un uno por ciento de la población mundial se entretiene con un juego que –a pesar de aburrido y repetitivo- se ha convertido en una amenaza.
Según denuncia Michael Arrington en un artículo publicado por The Washington Post, Farmville es parte de un “ecosistema infernal de juegos sociales” mediante el cual los usuarios, desesperados por comprar tractores, semillas, vacas y ovejas optan por comprar monedas virtuales con dinero real.
Hasta ahí todo es normal. El verdadero problema ocurre cuando los jugadores (muchos de ellos niños y adolescentes) no tienen dinero para avanzar.
Para ellos existen ofertas ilegítimas de compañías que se valen de engaños -ocultos en la letra menuda- para sacarles a los despistados “granjeros” más dinero que el que hubieran tenido que pagar por comprar la moneda virtual.
Un ejemplo de este tipo de fraudes se da por medio de supuestos tests de inteligencia. A los usuarios se les ofrece moneda virtual a cambio de llenar un formulario con cuatro preguntas.
Al terminar se le informa que los resultados le llegarán por medio de un mensaje de texto. Para eso es necesario que ingresen una clave en su teléfono celular con lo cual, sin saberlo, acaban de adquirir una subscripción con un costo de  $9.99 mensuales.
De esta manera, la compañía de juegos recibe dinero que luego invertirá en publicidad en Facebook para atraer más usuarios; es decir, más víctimas potenciales para los estafadores.
Como resultado, compañía como Zynga, desarrolladora de Farmville y otros juegos sociales como Mafia Wars y Petville, cuyo modelo de negocios desde su origen ha incluido el timo como una forma de obtener ganancias, logra generar mucho más dinero que luego invierte en publicidad, dejando atrás a las empresas que juegan limpio.
Mark Pincus, fundador de Zynga, reconoce haber hecho "cosas horribles" con tal de obtener ganancias inmediatas, crecer y convertirse en un verdadero negocio.  
Mientras tanto, Facebook se hace de la vista gorda. Y tiene una buena razón para hacerlo. Se calcula que Zynga pueda estar invirtiendo solo en Facebook unos $50 millones en publicidad.
De esta manera un juego que en apariencia es inofensivo, lleva consigo una lacra difícil de erradicar.
Hay otro elemento que vale la pena analizar. Si los  juegos por definición ofrecen un descanso de la rutina y la responsabilidad, ¿por qué millones de personas optan por uno basado precisamente en la rutina y la responsabilidad?
En una segunda entrega abordaré las posibles respuestas a esta interrogante.   


domingo, 2 de mayo de 2010

El taxista X

¿Cuántas horas maneja usted por día? Le pregunté al taxista luego de varios minutos de viajar en silencio. El tránsito en el centro de San José estaba espeso, a pesar de la restricción vehicular, quizás por ser viernes de pago.
-“15 horas”, fue la respuesta.
Animado por mi interrogante, luego me explicó que el día anterior a las 6 p.m. ni siquiera había podido recaudar la cuota del patrón y el costo del combustible, y por eso tuvo que seguir trabajando hasta la una de la madrugada.
“Yo ni saco la hora de almuerzo. Paro en una sodita y me compro una empanada y un café. No ve que la presión es mucha”. El taxista, de quien nunca supe el nombre, continuó desahogando sus penas mientras buscaba abrirse campo en aquella jungla de carros y peatones. 
“Yo tengo dos chamacos en el colegio,  ¡y diay!  No puedo darme el lujo de llegar sin un cinco a la casa”.
¿Y cuántos días trabaja?, le pregunté, ya  con la intención de hacerle una entrevista no planeada.
-“Siete días a la semana”.
-¿Cómo? ¿Y el día libre?
“¡Qué va de día libre! Como el taxi es nuevo, al patrono no le gusta tener dos choferes. Él me dijo que si quería día libre, que le echara siete rojitos más por día. Es decir, que yo me pague el día libre, ¡No pierde!
-  Oiga, pero su jefe es un cabrón. Le dije indignado.
- “¿Usted no sabe quién es? Es (…), aquel que fue jefe de tránsito. ¿Lo conoce? El tiene 16 taxis. Es para que vea. A él no le importa uno. Lo único que le importa es la plata. Fíjese que si el taxi está en el taller, él está encima del mecánico para sacarlo antes de las tres horas, porque si dura más que eso entonces me tiene que rebajar la cuota. Y si antes de las tres horas no ha terminado, entonces le dice al mecánico que lo deje así  y continúe con la reparación el  día siguiente. ¡Qué va, ese hombre es la muerte!”
- ¿Pero usted sí está asegurado?
- Ah sí, en eso el hombre es legal. Pero vea qué vivo. El seguro está a nombre mío. El hombre hace las vueltas, pero es como si yo tuviera seguro propio.
-¿Entonces usted no tiene aguinaldo ni vacaciones?
-“No. Por eso no le duran los taxistas. Yo también ya me siento cansado. A mí por eso me da cólera oír al presidente decir que cada día estamos mejor. Mejor estará él. Para mí eso de ir al supermercado a comprar un diario entero es cosa del pasado. Ya no se puede. Todo está muy caro.  Por cierto, ¿verdad que mañana es el día del trabajo?
- Sí, mañana es, le respondí.
-“Que tenga un buen día”.
- Usted también. Usted también…

Nota: Escribo esta columna en nombre de todos aquellos trabajadores explotados en esta, nuestra querida Costa Rica. A aquellos cuyos derechos, como el salario mínimo, o el derecho al descanso, son pisoteados ante la mirada indolente de todos.