domingo, 23 de mayo de 2010

Don Justo no está solo

El diputado evangélico Justo Orozco, asegura necesitar con urgencia un aumento de salario para comprarse ropa.  Con nueve vehículos a su nombre, seis terrenos en Hatillo, uno en Garabito y otro en San José de la Montaña, a don (In) Justo lo que sí le hace falta, con apremio, es un poco de decencia cristiana.
Pero el señor diputado no está solo. Él forma parte de una clase política enmarcada en un sistema político y financiero que lleva a nuestro país en una espiral descendente con rumbo al despeñadero.
Chris Hedges, periodista estadounidense, ex corresponsal de guerra, columnista, escritor, y ganador del premio Pultizer, denuncia en su libro El imperio de la ilusión (The Empire of Illusion), la debacle de su país. Al hacerlo, dibuja un panorama perturbador, muy similar al nuestro.
Hedges denuncia el secuestro de una nación a cargo  de un grupo de oligarcas, corporaciones y una cerrada y egoísta élite política y económica.
Una élite que según Hedges, en nombre del patriotismo y la democracia, ha desmantelado el sector manufacturero y hecho trizas el sistema financiero. La fórmula de gastar más de lo que se gana les pasó la factura y ahora están en números rojos, con una deuda acumulada de astronómicas dimensiones.
Una economía fantasma caracterizada por el fraude y las mentiras, cuyo fin es mantener  a una minoría rica. A la gente lo único que le ofrecen es la ilusión de que ellos también podrán algún día, si se esfuerzan (y trabajan como chinitos dirían acá) ser ricos y exitosos.
¿Recuerdan cuando en medio de la ofensiva política por aprobar el TLC se nos dijo que en vez de andar en bicicleta los trabajadores irían a las fábricas en motocicletas BMW, y los dueños de un Hyundai en Mercedes Benz?
La expectativa la creó el mismo presidente que veinte años atrás aseguró que existían “sobradas razones para pensar que el sueño de hacer de Costa Rica el primer país desarrollado de América Latina será muy pronto una realidad”.
La promesa de Arias fue reciclada al concluir su recién mandato con el fin de mantener viva la ilusión de que algún día todos seremos ricos y prósperos, cuando lo cierto es que, al igual que sucede a nuestros ya no tan poderos vecinos del norte, cada vez nos empobrecemos más.
Al exmandatario le preocupa que nuestro país se parezca más a Italia y menos a los Estados Unidos. Es decir, su esperanza se cifra en parecernos más a un país que, tal y como lo señala el historiador Charles Maier, pasó de ser un “imperio de producción” a un “imperio de consumo”.
Como resultado, hoy, esa nación, al igual que la nuestra, busca perpetuar la prosperidad con dinero prestado que nunca podrá pagar.
El sistema económico estadounidense fue tomado por asalto por banqueros, corredores de bolsa y especuladores defensores de la autorregulación.
Fueron ellos quienes desataron la crisis en su país dejando a la clase media trabajadora con las manos vacías y extendiendo el problema a todo el orbe. Pero en vez de pagar por su crimen, recibieron miles de millones de dólares para mantener con vida un sistema perverso que aplasta por defecto a los más débiles.
En Costa Rica supimos, gracias al informe del Estado de la Nación, que con la crisis económica los ricos se hicieron más ricos, y los pobres más pobres. Nada nuevo bajo el Sol.
Los bancos recibieron dinero del Estado (léase de todos nosotros) y algunas grandes empresas trasnacionales rebajaron o congelaron salarios para que sus altos ejecutivos pudieran seguir viajando en jet privado.
No, don Justo Orosco no está solo. Jorge Guardia, economista partidario del libre mercado escribió en noviembre del año pasado, en su columna del periódico La Nación, que no votaría por Laura Chinchilla pues su segundo vicepresidente, Luis Liberman, “representa una generación de banqueritos criollos agremiados, influyentes y bien conectados con los partidos políticos, caracterizados por cabildear a favor de los grandes intereses de su gremio. Lograron aprobar leyes, decretos y políticas económicas que los beneficiaron en cantidades muy grandes, tan grandes, que nadie las ha podido cuantificar. Amasaron fortunas”.
Esa es la élite y la clase política de la que hablamos. Una que emula a la élite modelo de los Estados Unidos, país en donde la mitad de las bancarrotas suceden porque las familias no pueden pagar sus gastos médicos y ocho mil personas mueren al año por no contar con un seguro que los proteja.
El costo de mantener un imperio de ilusión -explica Hedges- no corre por cuenta de los titanes corporativos. “Este costo trasciende los números y las estadísticas y habla el lenguaje de la miseria humana y el dolor”. Corre por cuenta de los 36.2 millones de estadounidenses que viven con hambre en el país de los sueños.   
Los diputados y diputadas que hoy quieren duplicarse su salario, fueron electos por un  pueblo que aún cree en otra ilusión. La de la democracia representativa, secuestrada esta por los intereses particulares de los dueños de todo.  
En 1949 Albert Einstein escribió sobre los cuerpos legislativos:
“(…)Al ser elegidos por partidos políticos, financiados en su mayoría, o influenciados por capitalistas privados (…) logran separar al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes de la gente en realidad no protegen suficientemente los intereses de los sectores menos privilegiados de la población”.
Para terminar de hacerla completa, la pasividad política de la gente está asegurada gracias a la cultura del entretenimiento.A la infantilización de una sociedad compuesta por adultos que se comportan, leen, piensan y se divierten al mismo nivel que niños de escuela (dicho esto con el perdón de los menores). 
Pero ojo, las culturas que no pueden distinguir entre la ilusión y la realidad -sentencia Hedges- perecen. Pensar o no pensar es el nuevo dilema, y de eso depende nuestro futuro.  
Cierro con un titular alentador: Vecinos ganan pulso por agua de Sardinal.  Aun hay esperanza…

1 comentario:

Roncahuita dijo...

¡Más claro no canta un gallo ni aunque se llame Pavarotti!

¡Bien, un 10!