domingo, 7 de marzo de 2010

Avatar: ideología como producto de consumo

El gran éxito de la película Avatar fue  un gran dolor de cabeza (y de hígado) para los conservadores de la extrema derecha estadounidense, quienes  vieron en ella un mensaje solo comparable con los escritos de Noam Chomsky y Hugo Chávez.
Y bueno, uno entiende que una película que celebra el primitivismo, el amor por el medio ambiente y el antimilitarismo no deba ser del gusto de la derecha conservadora. Después de todo, Avatar  es también una evocación al “todo lo que necesitamos es amor” y a los valores de la contracultura de los años 60, todo un cliché en las películas estadounidenses.
Avatar deja muy mal parados a los contratistas militares gringos, vistos aquí como bárbaros mercenarios dispuestos a arrasar con los nativos inocentes de Pandora en su búsqueda implacable de riqueza.
Es también un llamado a la insurgencia para derrotar a los soldados estadounidenses, cuyo paralelismo con Vietnam e Iraq es desde la óptica de los conservadores sinónimo de desprecio por las instituciones de su país y una muestra del más puro antiamericanismo.
Ross Douthat, en el New York Times, llama a "Avatar"  el evangelio “según James (Cameron)” en referencia a la apología panteísta del director y su llamado a la humanidad para que comulgue con la madre Tierra.
Todo esto parece explicar el odio de la derecha por Avatar, pero ¿qué hay de los millones de estadounidenses que acudieron a las salas de cine a verla una y otra vez a pesar de su contenido con tufo de izquierda?
¿Será que de verdad les pareció feo que una cultura primitiva sea destruida, que la ambición de las corporaciones ignore las cuestiones éticas y que los militares arrasen con todo a su paso con el fin de saquear los recursos del planeta?
¿O será que simplemente no vieron en ella ningún mensaje y el récord de taquilla se explica por ser Avatar un gran espectáculo de entretenimiento; un verdadero manjar para una sociedad infantilizada que solo gusta de divertirse  (Girls just wanna have fun y los demás también) y que encuentra muy aburridos los temas y discusiones de los adultos?
Con esta última idea comulgan algunos críticos para quienes Avatar es una película brillantemente realizada y técnicamente superior, con una historia obvia y si se quiere tonta, la cual solo vale la pena ver por la innovación.
De ser así, los ideólogos de la derecha tienen poco de qué preocuparse. Después de todo el afán principal de películas como Avatar no es convencer a nadie sobre la malignidad del militarismo ni la voracidad capitalista.
Su fin último es hacer mucho dinero y Avatar lo logró con un producto popular -convertido en metáfora del imperialismo colonialista- que en forma paralela sirve para vender todo tipo de subproductos de consumo. $150 millones invirtió la producción en mercadeo global y Coca Cola Zero y McDonald´s ni lerdos ni perezosos se apuntaron con la promoción de la película.
La primera ofreciendo a los consumidores viajes virtuales en el helicóptero Samson (visto en el filme) y McDonald´s con la creación de un espacio virtual “Avatar” llamado McWorld. LG y Panasonic hicieron lo propio con productos con innovaciones  3-D mientras Mattel se ocupaba del mercadeo de juguetes. ¿Les suena esto a algo que tenga que ver con la izquierda?
Los conservadores deberían estar tranquilos. No fue la retórica antihumanos (los seres azules y tridimencionales de la tribu Na\'avi son los “cool” de la película), antimilitar y antioccidental, la que le dio a Avatar su gran éxito.
Fue su espectáculo tecnológico el que capturó la atención del público. Fue su imaginación visual y la tecnología 3-D lo que se impuso por encima de cualquier consideración política.
Al final es posible que la gente la haya visto con ese sentido lúdico con que los creyentes cristianos pueden tararear Imagine -de John Lennon- aunque su letra hable de un mundo sin religión, sin cielo y sin infierno.
Igual sucedió con Wall-E, la película que nos habla de un mundo devastado por las toneladas de basura producto del sobreconsumo y de un planeta poblado por humanos obesos, controlados por las órdenes de una telepantalla y cuyas conciencias están dominadas por megacorporaciones.
Wall-E fue producida por Disney y Pixar, megacorporaciones que ganaron millones contándonos esta historia de lo ambiciosos y destructivos que podemos ser los humanos.
Los peligros del sobreconsumo, de las grandes corporaciones y la destrucción del medio ambiente de boca de compañías que luego quieren vendernos sus juguetes hechos en fábricas enemigas del ambiente (y de la gente) y empacadas en plástico que tardarán cientos de años en degradarse.
La contracultura vende, y mucho. Paz con la naturaleza (con el perdón de los Arias), antimilitarismo y anticonsumismo. El sueño de millones de personas envuelto en celuloide para ser transformado luego en millones de dólares que irán a parar a los bolsillos de quienes solo creen en estos ideales como productos de consumo masivo