domingo, 4 de octubre de 2009

Estafas legales

Juro que solo es un pedazo de plástico. Se llama forro de motor y se coloca en la parte inferior del vehículo para protegerlo del salpique del agua y el barro. Es delgado y liviano de esos que se fabrican en serie y cuyo costo de producción, por la calidad, forma y peso del producto no debe ser mayor al de una silla. Sin embargo, su precio sí que lo es.
Treinta mil colones me cobraron en Ciudad Toyota por el bendito forro de motor para mi carrito modelo 93. ¡Treinta mil colones! Todavía no lo creo.  A uno lo pueden asaltar en la calle y quitarle el celular, pero ir a una tienda y que le saquen ese dinero de la bolsa da  rabia. Y eso que era la mitad del forro, el repuesto completo cuesta 60 mil.
¿Que por qué pagué? Diay, porque el carro ocupa el forro y no había en ninguna otra parte. A eso se atienen. Y a esas campañas publicitarias que dicen “compre solo repuestos originales”. Sí, claro, con esos precios dénmelos todos.
Es ahí cuando uno se da cuenta adónde está el verdadero negocio. Usted compra el carro, y luego lo vuelve a comprar a poquitos pagando caprichos por cualquier piecita que le falle.
Igual sucede con las impresoras, ¿cómo puede ser posible que salga más barato comprar una impresora nueva que un juego de cartuchos de tinta? Esa es la cultura del desecho. Y ahí está también la publicidad de que utilice solo tintas originales porque las otras le dañan el equipo.
La propia máquina le indica con una alerta que lo hace sentir a uno como un criminal cuando se atreve a insertar un cartucho de tinta genérico “El equipo ha detectado una tinta que no es original, le recordamos que las tintas de otra marca pueden dañarlo, ¿desea continuar?”. Con semejante amenaza ¿quién quiere continuar?
Otros famosa marca, famosa por el precio de sus accesorios es Sony. Acepto que es una buena marca, pero si usted compra una cámara de video, por ejemplo, prepárese a pagar mucho más que el precio original del producto, pues a este deberá agregar el costo exorbitante de baterías, cables y discos.  
En una tienda Sony cobran hasta 20 mil colones por un cable de conexión de la cámara a la televisión. Ese mismo cable lo consigue en otras tiendas por ocho mil, y todavía así está caro.
¿Qué podemos hacer? Pues no mucho, además de berrear y tal vez escribir una columna. Pero eso algún día tiene que cambiar.
Vean lo que le pasó a la industria disquera. Por años inflaron los precios de los discos y ahora la gente bajas las canciones de Internet y las comparte por computadora. Resultado: las disqueras tienen años de venir a pique.
No sé qué, pero algo tendrá que suceder para que una compañía deje de cobrar por un pedazo de plástico como si se tratara de una pieza de alta ingeniería.
Algo tiene que suceder para que un juego de tintas no supere el precio de la máquina que alimenta.
Algo tiene que suceder para que algunos dejen de vernos la cara de tonto y de amasar fortunas vendiendo espejitos a precio de oro.
Por lo pronto, solo sé que quien tiene un Toyota, sabe lo que tiene… ¡que pagar!

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